«Usar a la NASA como tapadera»: el memo de 1963 sobre fragmentos espaciales y lo que cuentan las 72 páginas que lo rodean

La séptima entrega de PURSUE (war.gov/UFO, 23 de octubre de 2026) trae un memorando de una sola página con una frase que se presta a todo: «El Departamento de Defensa y la Fuerza Aérea quieren usar a la NASA como "tapadera" ("cover"), pero no tienen intención de dejar que la NASA haga nada más que devolver algunas piezas». La misma entrega trae un expediente de 72 páginas sobre el mismo asunto, publicado por separado. Leímos los dos completos, y las citas de esta nota las comprobamos sobre la imagen de cada página, no solo sobre el texto extraído.
El memo. Está fechado el 29 de mayo de 1963 y va dirigido al «Dr. Welsh»: Edward C. Welsh, secretario ejecutivo del Consejo Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASC), el órgano de la Casa Blanca que presidía el vicepresidente Lyndon Johnson. Lo firma R. W. Hale, de ese consejo, y su asunto es «Conferencia con Frutkin -- Fragmentos». Arnold Frutkin dirigía la oficina de programas internacionales de la NASA. Hale cuenta que lo vio el 28 de mayo y que Frutkin «está muy en contra del proyecto». Según Hale, Frutkin piensa que no hace falta ningún anuncio público; que una orden ejecutiva o una declaración de la Casa Blanca «asustaría a la gente sin necesidad»; que el problema está en el extranjero y que el Departamento de Estado quiere poder señalar a la NASA como la agencia responsable «sin un anuncio público alarmante»; la frase de la tapadera; que la CIA y la NASA se llevan bien; que hay que esperar a lo que decida el USIB (la Junta de Inteligencia de Estados Unidos), y que, aunque la NASA redactaba una ley, se opondría a mandarla al Congreso por «el debate dañino que desataría».
¿Fragmentos de qué? El memo no lo dice. Lo dice el expediente de 72 páginas: una carpeta de la Biblioteca Presidencial Lyndon B. Johnson, de los archivos de Charles E. Johnson, del Consejo de Seguridad Nacional, titulada «Fragmentos de vehículos espaciales: responsabilidades y procedimientos». Son fragmentos de satélites y cohetes que caen a tierra.
La cronología que sale de esos papeles es esta. El 2 de octubre de 1962, Welsh escribe a McGeorge Bundy, asesor de seguridad nacional, y al administrador de la NASA, James Webb: hay que decidir qué agencias se encargan de «obtener, analizar e identificar» los fragmentos que caigan en territorio estadounidense, y advierte que hay «problemas legales y operativos». Un mes antes, el 5 de septiembre de 1962, un trozo de unos nueve kilos del Sputnik 4 soviético había caído en plena calle en Manitowoc, Wisconsin. Estados Unidos lo exhibió en la ONU y la embajada soviética recogió lo que quedaba en enero de 1963. El expediente no menciona ese caso; la coincidencia de fechas es una lectura nuestra.
Durante octubre y noviembre de 1962 circulan dos papeles: una declaración pública, sin clasificar, y unas «Guías para el manejo interinstitucional de fragmentos de vehículos espaciales», confidenciales. Hay incluso el borrador de un memorando presidencial que empieza «El Presidente ha aprobado los siguientes procedimientos»; en el expediente no aparece firmado. Una nota a mano de la reunión del 6 de noviembre de 1962 lo resume así: la Casa Blanca aprobaría la declaración «para que la publique la NASA. La NASA dará a conocer el programa».
La parte confidencial explica el resto. La versión del Departamento de Defensa del 1 de marzo de 1963 designa a la NASA como la agencia responsable de recibir e identificar fragmentos, pero añade: «Para asegurar un análisis rápido con fines de inteligencia», la NASA y las demás agencias entregarán a Defensa, con prioridad, los fragmentos «(incluidos vehículos enteros)» lanzados desde países extranjeros. Defensa se queda con los que le lleguen primero «para análisis», y después pasan a la NASA «en espera de los arreglos finales para su devolución al país de lanzamiento». Es decir: cara pública civil, y el material extranjero, primero a los analistas militares. Eso es lo que Frutkin, según Hale, llamaba tapadera. El expediente nunca usa la palabra.
La objeción de la NASA también está por escrito. En una carta sin fecha a Welsh, Frutkin pide borrar justamente la cláusula de que Defensa se queda con los fragmentos extranjeros, porque contradice que la NASA sea «la agencia responsable».
Y está la CIA. El 7 de diciembre de 1962, el subdirector de la CIA, el general Marshall Carter, responde que el asunto es «de interés y preocupación para la comunidad de inteligencia» y lo pasa al USIB. Tres días después, Charles E. Johnson describe un «pequeño lío entre Defensa y la CIA» por el papel y lo llama «una tormenta en un vaso de agua» que se habría evitado si el consejo espacial hubiera metido a la CIA en el comité desde el principio. El 31 de mayo de 1963, dos días después del memo de Hale, Welsh escribe al director de la CIA, John McCone: el papel tiene la aprobación de Defensa al más alto nivel pero «no ha sido coordinado dentro de la comunidad de inteligencia», y «ha pasado ya bastante tiempo». En octubre de 1963 Welsh insiste otra vez y convoca nuevas reuniones en noviembre. El expediente termina en 1964 con guías de prensa de la NASA para los restos de sus propios cohetes Saturno (vuelos SA-5 y SA-6). En la carpeta no consta ninguna decisión final.
Lo que no está. Buscamos en todo el texto, y en la imagen de las páginas que no tenían texto, las palabras «UFO», «unidentified», «flying saucer», «extraterrestrial», «Moon Dust» y «Blue Fly». Cero apariciones. Tampoco se nombra ningún incidente extranjero concreto: la Unión Soviética aparece una sola vez, para comparar el tamaño de un cohete de la NASA con vehículos soviéticos que ya habían reentrado.
Hay frases que un lector puede sobreinterpretar. Una guía de prensa de 1964 dice: «Bajo ninguna circunstancia esta agencia (el gobierno) especula sobre el origen de un objeto». Sigue así: «En cambio, desea obtenerlo, analizarlo e intentar establecer el origen». Habla de los restos de un cohete Saturno, y «origen» quiere decir qué país lo lanzó.
¿Y Moon Dust? En la literatura OVNI, «Proyecto Moon Dust» es el nombre que se asocia con la recuperación secreta de naves caídas. Lo documentado es otra cosa: un proyecto real de la Fuerza Aérea para localizar, recuperar y transportar vehículos espaciales extranjeros caídos, y su brazo de transporte rápido, la Operación Blue Fly, que salieron a la luz por solicitudes de acceso a la información a partir de los años setenta. Un documento de 1961 los coloca en la misma estructura de inteligencia que un programa de investigación de reportes OVNI, y de ahí viene buena parte del mito. Incluso la cobertura de 2026 que lo relanzó reconoce que los documentos «no llegan a probar» que el material recuperado viniera de naves extraterrestres. Estos papeles de 1962–64 no nombran ni a Moon Dust ni a la Fuerza Aérea como programa. Sí muestran para qué quería el gobierno los fragmentos extranjeros: para analizarlos con fines de inteligencia antes de devolverlos.
Un cruce con otro caso de nuestro archivo: el mismo consejo de Welsh fue el que, el 13 de noviembre de 1963, preguntó a la embajada en Brasil por una supuesta esfera caída en Bahía con un «tripulante muerto». El bulo se desmintió en días. Que el consejo espacial preguntara por un objeto caído en esas mismas semanas, mientras intentaba cerrar un procedimiento para fragmentos espaciales, encaja con estos papeles. Es una lectura nuestra; ningún documento une los dos expedientes.
En resumen: la «tapadera» de 1963 es una pelea burocrática de año y medio entre la NASA, Defensa, la CIA y el consejo espacial sobre quién daba la cara y quién se quedaba primero con el material soviético. No es la prueba de un programa OVNI oculto, aunque así suene la frase fuera de contexto. El memo y las 72 páginas se pueden leer completos en nuestro archivo.